January 17

Silvia Elías

Del libro Antología II de cuentos. Taller Literario de la Escuela de Arte Banfield Teatro Ensamble

Esa noche el profesor tomó la decisión. “Nada más inútil que resignarse y en esta situación es ella o yo”. Se trataba de la señora de la casa contigua. Estaba loca y de noche, poseída, gritaba. Años llevaba él de vigilia nocturna por esa vecina insignificante, sólo visitada una vez al mes por familiares que a regañadientes aportaban su presencia formal.

El profesor era esencialmente confuso. Por un lado, participaba con mucho entusiasmo de sentimientos y terapias de vidas pasadas, como buen apasionado a los relatos sobrenaturales, y por otro, mostraba dificultades para afrontar problemas que excedieran la racionalidad.

Los gritos nocturnos de su vecina, además de convertir su vida en un tormento, golpeaban las puertas de sus miedos, de las fantasías que no deseaba exhibir ni reconocer ante sí mismo. Sus noches en vela se complicaban con los fantasmas que lo visitaban cada vez con mayor asiduidad.

Hace un tiempo pensó en mudarse, pero carecía de recursos suficientes y si vendía la casa debía repartir lo cobrado como una herencia en vida con su ex esposa y sus hijos. Recurrió a otras alternativas como llamar a la policía, que resultó un intento infructuoso ya que la acusada era inimputable. Ni siquiera, por su edad y su estado, pasible de arresto.

Para el profesor, muy ético, el bien y el mal estaban claramente delimitados como si a sus componentes los hallara en catálogos rigurosos. Por eso nunca quiso hacerle daño a la señora que a esa altura de los acontecimientos era para él la representación personificada del mal. Pero la vida lo arrinconaba a buscar su salvación. En Internet navegó en búsqueda de respuestas a la frase “cómo deshacerse de alguien que te complica la vida”. La red no le dio alternativas válidas, él no era un asesino, y del millón de respuestas surgidas ante la consulta, la mayoría explicaba que la desaparición física era el camino más productivo y eficaz.

En este caso Ernesto hizo su aparición como ese amigo que siempre existe dispuesto a colaborar en el momento oportuno. Le ofreció ocuparse de acallar a la señora molesta. El profesor contuvo el arrebato de interrogarlo acerca de los métodos que utilizaría para tal fin, prefirió permanecer alejado de tales detalles y aceptó la propuesta. Le recomendó que el remedio no fuera peor que la enfermedad, lo cual significaba que no deseaba pasar el resto de su vida en una cárcel, ni siquiera sospechado de cometer hechos inmorales. También le recomendó que el vecindario conocía su situación y por lo tanto nada de lo que hiciese debía vincularlo con acciones ilegales.

A la semana siguiente tuvo novedades. Encontró un mensaje de Ernesto que decía “Listo. Las pruebas de haber cumplido contigo, querido amigo, quedan en tu propia casa. Un abrazo y que duermas bien”. Sintió escalofríos y corrió a su jardín desde donde pudo constatar que la señora estaba sana y salva juntando, como era habitual, las hojas de un árbol imaginario. Respiró profundamente aliviado y sonrió con placer. “Veremos si es cierto —pensó— por lo pronto, no soy un criminal.

Esa noche volvieron los gritos, pero ya no provenían de la casa vecina, eran aún más cercanos. Gritos desgarradores y sin pausa. Salió desesperado al hall de entrada y eran más agudos. Provenían de un frasco de vidrio que contenía una pequeña lengua con vida y desangrada, dispuesta a seguir cumpliendo su misión.

Al profesor esta situación le jugó una mala pasada. La morgue puso un cartel sobre la bolsa transparente que transportaba su cuerpo indicando muerte súbita sin antecedentes, ni explicación.

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LOS GRITOS DE LA VECINA