May 9

por Norma Menna

Las piernas me pesan, en algunos momentos percibo que por mis venas corre un caudal de sangre intrépido que se frena abruptamente para  chocar con una superficie y luego continuar su camino.

Alguna vez leí que las paredes venosas son de pequeño espesor con escasas  fibras elásticas, en consecuencia pueden ser fácilmente comprensibles y distensibles.

Al bañarme, me froto las piernas para amortiguar esa sensación de recorrido interno inestable.

Pienso en las cosas de pequeño espesor, me cuesta trabajo  identificarlas. La fragilidad es un concepto relativo.

La sangre me golpea el tobillo y ahora se puso más espesa. Una pierna y la otra, despacio, una pierna y la otra, así camino. La pesadez se hace intolerable.

El pasillo que separa mi habitación de la cocina es pequeño, pintado de blanco sin adornos. Es uno de esos pasillos que no se visualizan, no hay nada que me haga querer quedarme unos instantes. Sólo paso de la habitación al baño y del baño a la cocina.

Recuerdo cuando era niña e iba a comprar los útiles para la escuela. Compraba mapas, papel para forrar los cuadernos, etiquetas, papel de calcar, tinta china. Me gustaba ponerle a los dibujos calcados unos esquineros, no recuerdo el nombre. El quiosco, era una casa de una familia que utilizaba el ambiente de la entrada para la venta. Unos mostradores vidriados largos, unos estantes, poca luz. Siempre la señora alta, de piel blanca y cabellos cortos y claros, estaba detrás de esos muebles. No se cómo eran sus piernas, no me las imaginaba.

Vuelvo a mi habitación a recostarme. Apago la luz y trato de dormirme.

Me entretengo golpeando los dedos sobre una silla que está a mi lado. Golpeo despacio, despacio, más fuerte, ahora en forma constante con los mismos intervalos.

Siento calor, enciendo la luz y la apago. Tomo un libro y lo dejo. Mis pensamientos golpean y se instalan. Las pérdidas.

Pienso en mis piernas, en la fragilidad capilar. Las sillas de ruedas. Hoy lloré porque Naoko[1] se suicidó. Me vino a la memoria el Almohadón de Plumas de Horacio Quiroga.

Tocan el timbre, pero no voy, no es para mí. Me enojo por lo que pudo ser y no fue.

Quiero caminar. Hoy voy a salir para caminar varios kilómetros. Pienso en mis zapatillas, cuál me pongo. Mejor las  grises y rosas, las negras de cuero acordonadas, o las grises con aire. De todas las remeras, cuál selecciono, seguro una larga de color negro, tal vez una campera liviana. Creo que llevaré la mochila pequeña con algo de agua.

Fui al sanitario, salí de la habitación y volví rápido. Es la hora de salir a caminar, tal vez hoy camine cinco kilómetros.

Estoy cansada, las piernas me pesan. Mis paredes venosas están debilitadas y no pueden regresar a ser como eran cuando yo sólo era una niña de edad escolar.

No  sé a qué hora voy a ir a caminar.  La circulación venosa está especialmente expuesta a las presiones extravasculares y otros factores mecánicos externos. La tarde se está nublando, por la ventana cerrada de mi habitación llego a percibir las nubes y un aire fresco que anuncia una lluvia.

Guardo la ropa deportiva en mis pensamientos.  La fragilidad de las emociones.  Los hematomas del alma.

Me levanté para ir a orinar, las piernas me pesan, se me hicieron múltiples hematomas. Cruzo el pasillo blanco sin adornos. Camino lentamente porque las válvulas tienden a ensancharse cada vez más y la sangre se descontrola.

Cuando regrese a mi cama voy a pensar en ir a caminar. Tal vez mañana, hoy va a llover, ya es tarde.

Pienso en la película la flor del cerezo. La sangre me ahoga, la debilidad me asfixia.  Las venas se estrangulan y me presionan. Quiero levantarme para ir al baño. No puedo pasar por el pasillo, es tan pequeño que no tengo espacio.

Un líquido caliente corre por mi ropa y se desliza por las piernas.  Lo toco con mis dedos, mis uñas se manchan de rojo.


[1] Personaje del libro Tokio Blues de Murakami.